La pérdida de un hijo joven puede ser el factor más estresante en la vida de un ser humano, especialmente si se produce de forma repentina y violenta. En concreto, hay una diferencia notable entre el duelo y la aflicción por la muerte de un joven, y el dolor experimentado por el fallecimiento de una persona anciana que ha visto completada su vida. La muerte de un hijo es un hecho antinatural, una inversión del ciclo biológico normal, que plantea a los padres el dilema del escaso control que hay sobre la vida. Es más, alrededor de un 20% de los padres que pierden a un hijo no llegan a superarlo nunca. De hecho, cuando fallece la pareja nos quedamos viudo/a, cuando fallecen los padres nos quedamos huérfanos/as, pero no hay ningún nombre para definir la situación en la que unos padres se quedan cuando fallece un hijo. Y es que, eso, no tiene nombre.
Existen una serie de estrategias de afrontamiento ante el duelo que no permiten que el proceso de duelo avance y pueda desencadenar en un duelo patológico. Son: 1) anclaje en los recuerdos y planteamiento de preguntas sin respuesta; 2) sentimientos de culpa. 3) emociones negativas de odio o de venganza; 4) aislamiento social; 5) implicación en procesos judiciales, sobre todo cuando la víctima se implica voluntariamente en ellos; 6) consumo excesivo de alcohol o de drogas; y 7) abuso de fármacos.
Recuperarse significa ser capaz de haber integrado la experiencia en la vida cotidiana y de haber transformado las vivencias pasadas en recuerdos, sin que éstos sobrepasen la capacidad de control de la persona ni interfieran negativamente en su vida futura. Y recuperarse significa, sobre todo, volver a tener la conciencia de que la vida hay que vivirla y disfrutarla responsablemente. Superar el duelo y seguir adelante es una toma de decisiones; uno puede quedarse anclado en el pasado, o tomar conciencia, ser resiliente, y seguir adelante, por uno mismo, por los que siguen a nuestro lado, y por los que ya no están.